Anastasia Sedykh Sedykh

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Abogada & Economista


Empresaria


Socia-Fundadora de NASTING ASESORES ABOGADOS & ECONOMISTAS

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         Nació el 11 de diciembre de 1983 en uno de los países de la antigua URSS, fruto de un breve, pero pasional matrimonio entre su padre militar de descendencia cosaca, Sergio Sedykh Vasilievich, y su madre modista, Larisa Pajómova de Alexey.


       De los cuatro hermanos, es la segunda en la línea de los descendientes. Se llama Anastasia por la decisión de su padre en honor a su abuela materna, Anastasia Pajómova de Stefan, también Sagitario por el signo de zodiaco, nacida el 2 de diciembre de 1934 en Kursk, una de las ciudades bélicamente estratégicas durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.


          Siendo optimista, carismática, de personalidad abierta y muy llana contrasta con ser una Mujer bastante madura, centrada, inteligente y muy disciplinada para su edad.


             Se define a si misma como una Mujer mentalmente fuerte y con personalidad propia muy marcada que pisa firme y deja huella allá donde va, igual que su madre, quizá gracias al hecho de haber tenido una infancia bastante corta y nada fácil, habiendo tenido que madurar y asumir responsabilidades mayores a una edad demasiado temprana. Pero, a pesar de ello, siempre deslumbra a las personas que la rodean con su entusiasmo, una gran sonrisa y el incesante brillo que desprende de sus ojos.

Mi Bibliografía - Un breve recorrido por mi vida

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Como bien indica la introducción, por circunstancias de la vida y el hecho de que mi Padre fuera militar durante la época de la antigua URSS, nací en la localidad de Agdam, Azerbaiyán, país Caucásico situado al sur de la frontera con actual Federación de Rusia. En azerbaiyano el nombre de la ciudad significa "Casa Blanca", aunque actualmente se considera "ciudad fantasmacomo consecuencia de la guerra en Alto Karabaj y la invasión de fuerzas de Armenia.

Anastasia Sedykh; Nasting Asesores

A pesar que que, técnicamente, la ocupación militar de Alemania del Este finalizó en 1955, fecha en la que los soviéticos retiraron el Alto comisionado y normalizaron las relaciones diplomáticas con la República Democrática Alemana (RDA), sin embargo, dado el contexto de la Guerra fría, las numerosas unidades del Ejército soviético permanecieron en Alemania Oriental durante, al menos, tres décadas más dentro del llamado Grupo de Fuerzas Soviéticas en Alemania.

En la foto: en el fondo, mis padres; en primera  línea, mi abuela junto con mis tías mellizas, Svetlana e Irina. El niño de la foto no se recuerda quién es. Año 1981.

En la foto: mi padre conmigo en brazos, mi madre con mi hermano mayor a su lado y "Papá Noel" ruso. Año 1984.


Al regresar de Alemania, y una vez venida yo a este Mundo, por las políticas de repoblación de los países de la antigua URSS, nos trasladamos a Kazajistán, país donde vivimos un tiempo antes de que mis Padres se divorciaran. Y, aunque ambos no tardaran en volver a formar sus nuevas familias, su separación había marcado un antes y un después en mi vida. La próxima vez que volvería a ver a mi padre sería casi 30 años después.


El segundo matrimonio de mi Madre  no ha resultado ser nada fácil y distaba mucho de la vida que teníamos antes.

Más teniendo en cuenta el contexto socio-político del inicio de la desintegración de la URSS, la desestabilidad política y la profunda hambruna y la pobreza que azotaban el país. De este matrimonio nacieron mi Hermana Natalia y mi Hermano Dimitri.

Pero antes de que ocurriera todo esto, mis padres han tenido la gran suerte de conocerse, contraer el matrimonio y nacer Eugenio, mi hermano mayor, en Weimar (Alemania), lugar donde estuvo destinado por aquel entonces mi Padre, y ciudad en la que he sido concebida Yo.

Anastasia Sedykh; Nasting Asesores

En la foto: Yo con 3 años en la fiesta de Navidad en la guarderia. Año 1986.

Sobrevivíamos a duras penas gracias al pequeño huerto que teníamos adjunto a la casa en la que vivimos y una vaca que mi madre ordeñaba por las tardes, casi al anochecer, al regresar de su trabajo.


Aún recuerdo el sabor de la leche templada que nos bebíamos directamente de los bidones esmaltados donde mi Madre depositaba los restos que quedaban, tras apartar la que se tenía que entregar por las recolectas que tenía establecido el gobierno del régimen comunista habido por aquel entonces.


Por las mañanas, a primera hora, a eso de las cinco y media, dado que mi Madre ya se encontraba trabajando, mi Hermano Eugenio (6 años) y Yo (5 años) sacábamos a la vaca a pastar. En el lugar donde vivíamos era un poblado muy pequeño. Todas las mañanas a esa hora venía bajando por la calle principal del pueblo un pastor que recogía las vacas de los vecinos y las llevaba al campo durante todo el día, regresando de vuelta poco antes del anochecer. Al entregar a nuestra principal alimentadora de la familia al pastor, y antes de irnos al colegio, nos encargábamos con mi Hermano de limpiar el establo y de prepararle la cama con paja limpia, que habríamos recogido del campo en la tarde del día anterior, al regresar de las clases.


El colegio donde íbamos a estudiar se encontraba en el pueblo vecino más cercano que se localizaba, aproximadamente, a unos siete kilómetros. En invierno ese camino de vuelta a casa resultaba ser mucho más divertido que en el resto de las

épocas del año. Con el sendero rodeado de campos y barrancos nevados, al regresar, aprovechábamos para bajar las colinas de nieve sobre las bolsas de plástico donde llevábamos los cuadernos y los libros, pues no podíamos permitirnos tener una maleta. Si la bolsa se rompía, y lo hacía casi siempre, además de las regañas, y si no había más bolsas en casa, al día siguiente los cuadernos y los libros se llevaban en mano, y las bajadas de de las colinas tampoco resultaban ser tan divertidas. El plástico sobre la nieve resbalaba mucho más que los abrigos que llevábamos, por lo que permitía coger velocidades mayores y llegar a distancias más lejanas. Lo cual provocaba carcajadas de alegría aún mayores por ese cosquilleo en el estómago que aparecía al sentirnos libres y felices aunque fuera sólo por unos instantes muy breves y no tan menudos como quisiéramos.


A finales de la primavera, y para asegurarnos la comida durante el resto del año, sobre todo en invierno, nos entreteníamos ayudando a mi Madre a sembrar patatas, zanahorias y remolachas. Hortalizas de conservación más duradera que se guardaban en el subsuelo de la casa que mantenía una temperatura constante de unos 6-8 ºC durante casi todo el año. 


Mientras mi Madres hacía hoyos con la pala, mi Hermano y Yo veníamos detrás dejando una patata dentro que luego tapábamos con la tierra sacada de ese hoyo. Después, durante el verano, nos entreteníamos quitando las malas hierbas y cuidando que la dorífora, el escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), no se cargara nuestra cosecha y no nos dejara sin provisiones durante el resto del año. Para ello, repasábamos periódicamente cada planta de las patatas y quitábamos los bichitos que veíamos, depositándolos en un bote de cristal.


En otoño llegaba el momento de recoger cuidadosamente las cosechas.

Dadas las condiciones tan penosas en las que vivíamos y debido, en mayor medida, a los actos de represión cada vez más frecuentes a la población eslava, nos vimos obligados a trasladarnos a vivir a Vorkutá (Rusia), la ciudad natal de mi Madre, situada a unos 50 kilómetros al norte del círculo polar ártico. Dicha ciudad posee un clima bastante extremo, subártico, con temperaturas que oscilan entre los 0 °C y los -50 °C en los meses de octubre a abril.


Vorkutá tiene su origen en el año 1932, cuando allí se abrieron los campos de trabajos forzados. Desde entonces, los prisioneros del Gulag trabajaron construyendo el pueblo y explotando los yacimientos de carbón de los alrededores.


En 1953 en la ciudad se produjo un alzamiento de los prisioneros, conocido como Levantamiento de Vorkutá. Después de que esa rebelión fuera reprimida sangrientamente por el Ejército Rojo

En la foto: Una de las minas de carbón con casas de los trabajadores a su alrededor.

el NKVD, muchos de los campos fueron cerrados a lo largo de los años 50. El militar republicano español Valentín González, "El Campesino", llegó a estar internado en el campo de trabajo de Vorkutá. A principios de los años ´90 la ciudad llegó a alcanzar su mayor auge en términos de producción de carbón y crecimiento tanto económico como estructural. Actualmente, muchas de las minas se encuentran cerradas debido, principalmente, a los altos costes de las operaciones de extracción carbonífera.

Dentro de este contexto, al cambiar nuestro lugar de residencia a Vorkutá, nuestra vida no es que hubiera mejorado, más bien todo lo contrario. Pero, al menos, esta vez mi Abuela Anastasia se encontraba cerca.


Como ya he comentado en las primeras líneas de esta página, mi Abuela había nacido en uno de los pueblos de la ciudad de Kursk, ciudad bélicamente estratégica durante el transcurso de la II Guerra Mundial. Así, entre los meses de julio y agosto de 1943, cuando mi Abuela tenía 9 nueve años, tuvo lugar la conocida Batalla de Kurk, también denominada Operación Ciudadela. Es considerada una de las batallas más grandes de la historia porque en ella participaron, entre ambos bandos, cerca de tres millones de soldados, unos ocho mil tanques y alrededor de cinco mil aviones.

Desde entonces, ser testigo de la presencia de las tropas alemanas de paso por el pueblo de mi Abuela se había convertido en un escenario muy habitual. Según nos contaba, al llegar al pueblo los escuadrones de los saldados alemanes se alojaban en las casas de los vecinos, mientras éstos se veían obligados a buscarse el cobijo en los gallineros o en los establos de los animales domésticos.


No todos los soldados alemanes eran malos. Habían quienes no querían estar en la guerra. Lloraban porque tenían a sus propias familias, sus mujeres, sus hijos, sus padres, sus hermanas y hermanos a quien habían dejado atrás y no sabían siquiera si volverían a verlos en alguna ocasión más. No sabían si volverían a sus casas. No sabían si podrían sobrevivir a la guerra. Éstos eran quienes aprovechaban esos momentos para sentar a los niños del pueblo en sus rodillas y dales ese último abrazo, ese achuchón cariñoso lleno de lágrimas y acompañado de sentimientos llenos de emociones al recordar a sus propios hijos. Al recordar sus familias. Decía 

mi Abuela que algunos soldados alemanes incluso bromeaban y jugaban con ellos y les regalaban trocitos de chocolate o azúcar refinada en cubos. Todo una delicia en aquel momento.


Al finalizar la guerra y habiendo cumplido mi Abuela los 14 años de edad, se vio obligada a marchar de su casa para comenzar a trabajar y poder alimentarse de alguna manera. Así fue como, participando en la reconstrucción del país tras la II Guerra Mundial, reconstruyendo las vías férreas hacia una de las ciudades de mayor producción de carbón, mi Abuela Anastasia se estableció definitivamente en Vorkutá, la ciudad natal de mi madre. Ciudad en la cual con unos estudios de tan sólo siete clases de colegio ha conseguido llegar a dirigir una de las minas de mayor producción carbonífera de toda la ciudad.

En la foto: Un grupo de tanquistas durante la II GM.

Cuando nos trasladamos a vivir a Vorkutá, a finales del verano de 1990, el régimen comunista aún reflejaba activamente su presencia en la vida social de  todo el país. Así, uno de sus vestigios se manifestaba a través de los movimientos llamados "Jóvenes Octubristas" o "Pequeños Octubristas". Eran organizaciones juveniles formadas por los niños y niñas de entre 7 y 9 años de edad que, posteriormente, pasaban a ser "Pioneros".


Se organizaban en grupos, divididos por cursos académicos, que estaban siendo liderados por un Joven Pionero. Esos grupos, a su vez, se subdividían en subgrupos de cinco niños y/o niñas, llamados "Estrellitas", donde cada uno debía llevar una insignia con forma de estrella de cinco puntas de color rubí, con el retrato de Lenin cuando era niño.


La esencia de esos grupos consistía en instruir a las personas desde edades muy tempranas y a dirigir a la sociedad en el sentido pretendido por el gobierno. Simplemente, se trataba de una de las formas de organizar la sociedad.  

En la foto: Mi Hermano Eugenio y Yo. Fecha: 01/09/1990.

Las actividades como la limpieza de las calles de la ciudad los sábados por la mañana me ha enseñado, desde luego, a respetar el entorno en el que vivo, el trabajo de los demás y, sobre todo, a no arrojar ni siquiera un minúsculo papel al suelo.


El despertar a las seis de la mañana todos los días al son del himno de la antigua URSS que escupía alegremente la radio colgada en la habitación de la casa-comuna en la que vivíamos, ha generado en mi la profunda costumbre de madrugar, que a día de hoy continúo practicando fielmente. 


En los años posteriores, coincidiendo con la transición de un régimen comunista a otro, en principio, democrático, la falta de organización y control político se hacían cada vez más evidentes y sus efectos eran aún más graves. Con las estanterías en los supermercados vacías, hacíamos colas desde las seis de la mañana para poder comprar el pan y la leche con unos talones que se expedían a las familias y limitaban, por supuesto, las cantidades de comida que se podía comprar. Recuerdo cómo, en invierno con temperaturas de hasta -40ºC, nos turnábamos en esas colas con mi Hermano mayor y mi Abuela cada media hora por tal de no perder la vez y poder comer algo durante el día.


Mi madre conseguía alimentarnos gracias a los panes que ella misma preparaba de los dos sacos de harina y uno de azúcar que se proporcionaban por familia cada cierto tiempo. Mientras el caldo en pastillas diluido en agua y cocinado con un par de patatas cortadas en tiras finas diversificaban el menú. También abundaban momentos de deseo incesable de encontrar en las estanterías y cajones vacíos de la cocina aunque sea un trozo de pan seco para saborearlo a pequeños mordiscos.


Aún así, eran tiempos de abundancia. A la edad de los 13 años mi vida, quizá, me puso frente a una situación de supervivencia más duras que jamás había vivido hasta entonces. 

En la foto: Yo con 13 años.

Eran finales del verano de 1997. Para aquel entonces, y desde hace un año, vivíamos en uno de los municipios de Moscú. Los planes de mi Madre de inmigrar a vivir a Europa por fin comenzaron a brotar y a hacerse más palpables, más creíbles, más visibles y más cercanos a hacerse realidad. Las aperturas de las fronteras para con los terceros países junto con las evidencias del inicios de la recuperación económica del país, presentaron a mi Madre la ocasión de volver a Vorkutá para vender el piso que tenía en su propiedad. Piso que le había sido entregado en su momento como pago en especie por los retrasos en los ingresos del salario en la mina de carbón donde trabajaba.


Dado que mi Madre no tenía dinero suficiente para viajar a Vorkutá todos juntos, se vio obligada a dejarme en Moscú. En un principio, me había quedado a cargo de una familia que, se supone, me proporcionaría cama y alimento. Sin embargo, pocos días después de haber marchado mi Madre con mis Hermanos y, coincidiendo con el inicio del curso escolar, un día, al volver de las clases, me encontré la bolsa con la poca ropa que tenía ante la puerta cerrada del piso donde dormía. Puerta que nunca más volvieron a abrirme. Sin saber qué hacer ni a quién acudir, y por la enorme vergüenza que sentía por encontrarme en esa situación, decidí volver a la casa donde días antes aún vivíamos con mi la Familia.

Era una casa de madera, de planta baja y de tipo comuna, de una habitación que hacía de dormitorio y salón a la vez, una cocina y una pequeña terraza cubierta. El aseo, también de madera, se situaba fuera de la casa, en el jardín. 


Tuve suerte de encontrarme en la cocina una saca de tela con avena que me hizo de alimento durante los próximos casi cuatro meses. Avena que me preparaba hecha en agua con un poco de sal para mis dos comidas que hacía al día.


Durante todo ese tiempo continué con la rutina de las clases en el Instituto por las mañanas. Por las tardes, al regresar, aprovechaba el poco tiempo de luz del día que quedaba para hacer los deberes. Al oscurecer en la calle, nunca encendía las luces en casa, pues era consciente de que me encontraba completamente sola y que la puerta de la entrada era bastante endeble, pudiendo abrirse con una simple patada desde fuera por cualquier persona. Por ello, simplemente me acostaba hasta la mañana siguiente, cando sonaba el despertador para irme de nuevo al Instituto.

En la foto: Una de las casas del municipio moscovita donde vivíamos.

En octubre, con la llegada del frío y las bajadas de temperaturas por debajo del cero, como si no fuera suficiente, mi situación se había complicado un poquito más. Por congelación reventaron las baterías de hierro fundido del sistema de calefacción central de la casa. Por ello, tuve que dormir vestida ya no sólo con ropa de la calle, sino, también con el abrigo echándome las mantas encima para evitar congelarme. De este modo, agradecía enormemente las horas pasadas en el Instituto donde, al menos, podía estar resguardada del frío del invierno moscovita.


Así las cosas, a principios del mes de diciembre me había quedado sin mi único alimento. Me había quedado sin avena. Fue entonces cuando me vi en una situación sin salida y decidí pedir ayuda. Le conté mis circunstancias a una amiga y le pedí que su madre me ayudara a escribir y enviar una carta a mi Abuela, cuya dirección postal me sabía de memoria.  El mismo día le enviamos un telegrama.


Aún recuerdo aquel 10 de diciembre, justo el día antes de mi cumpleaños, cuando, estando en clase de geografía, llamaron a la puerta y se asomó sonriente mi Abuela. Mi Ángel. Mi salvadora desde que Yo era pequeña. No pude aguantar la euforia y, a la vez, un gran alivio que me invadían en aquel momento. Me levanté y fui corriendo a fundirme en sus abrazos, en su calor y en el olor de su cuerpo. Aquel día fue cuando, por primera vez desde septiembre, deseé con todas mis ganas terminaran las clases y llegar a casa.


Cuando entré por la puerta, desde la entrada olía a patata frita en la sartén, preparada al estilo ruso, y una ensalada de tomate y pepino. Comida. Luz. Calor. Hogar. Por primera vez en tanto tiempo.


Nos quedamos en Moscú unos días más, a la espera de terminar el semestre lectivo y comenzar las vacaciones de invierno. Luego, partiríamos al pueblo natal de mi Abuela, en Kursk, a pasar las Navidades y a conocer, por primera vez, a mi Bisabuela y al resto de Familia materna. 

EL INICIO DE UNA NUEVA VIDA

Mi Madre consiguió vender el piso en Vorkutá y regresó a Moscú junto con mis Hermanos en primavera de 1998. El 28 de junio del mismo año, el día de cumpleaños de mi Hermano mayor, sobre las 6:30 horas de la mañana cogíamos el vuelo hacia Bercelona.  La soleada España.

En la foto: Mis Hermanos Natalia y Dimitri, mi Madre, Yo y nuestro gato Vasya en la Plaza de Cataluña (Barcelona). Julio 1998.

Al aterrizar y pasar los controles de frontera en el aeropuerto, lo primero que hicimos fue cambiarnos de ropa en los aseos. Era un día bastante caluroso y ahí estábamos: mi Madre, nosotros, los cuatro Hermanos, un gato, una bicicleta y dos bolsas grandes de ropa.


En el mismo aeropuerto mi Madre se dirigió en alemán a uno de los Policías del cuerpo Nacional que vio en la sala de espera. En seguida éste avisó a alguien por el equipo de transmisiones y vinieron dos de sus compañeros que nos llevaron a una habitación retirada al fondo del aeropuerto.


Las próxima 24 horas se habían hecho eternas para toda la familia. Cada poco tiempo mi Madre salía de la habitación cada vez que la llamaban. Las negociaciones entre los representantes de los Estados ruso, español y la Cruz Roja, sumadas a la profunda incertidumbre del momento, se hacían interminables. Por fin, a la mañana siguiente, a eso de las 10 de la mañana, salimos del aeropuerto acompañados por los cuerpos de seguridad. Nos montaron en un Taxi y nos llevaron a un Hostal, sito en la Calle Roger de Lluria nº 54, donde permanecimos alojados hasta noviembre del mismo año. La Cruz Roja había aceptado hacerse cargo de nosotros.

Los primeros dos días permanecimos en el Hostal haciéndonos a la nueva situación, el nuevo lugar, el nuevo idioma y el inicio de una nueva vida. Al tercer día, armada de valor y llena de euforia, mi Madre decidió llevarnos a dar un paseo y a ver la playa. Recuerdo como mis Hermanos y Yo íbamos corriendo felices y sonrientes por las anchas calles de Barcelona. Hacía un día espléndido, de mucho sol y muy buenas temperaturas. Aquel día no sólo nos mojamos los pies en las cálidas aguas del Mediterráneo, sino, incluso llegamos a bañarnos con las ropas interiores que llevábamos.


Por la tarde, durante el camino de vuelta, mis Hermanos y Yo continuábamos corriendo y jugando los unos con los otros, dándonos empujones y riéndonos a carcajadas sin cesar. Sin embargo, en uno de los momentos nuestro juego y nuestras risas se vieron interrumpidos por un espantoso grito y llantos de mi madre. Acababan de robarle el bolso. Bolso con toda la documentación y todo el dinero. 


Cuando la vida cierra una puerta, siempre suele dejar abierta una ventana. Así las cosas, mis Hermanos más pequeños, Natalia y Dimitri, de 8 y 6 años, respectivamente en aquel momento, se dieron cuenta de que en las cabinas telefónicas la gente se dejaba monedas. Pesetas para aquel entonces. De modo que, día tras día y recorriendo cabina por cabina de Barcelona conseguimos reunir 5.000 pesetas. Dinero que mi Madre invirtió en comprar cuerdas y elementos decorativos para hacer bisuterías. De este modo, de día nos dedicábamos a hacer pulseras y de noche nos poníamos en La Rambla de Barcelona a venderlas. Así fue como conseguimos recolectar algo de dinero y cubrir nuestras necesidades básicas.


En noviembre de 1998 nos trasladaron al Centro de Acogida a Refugiados de Sevilla donde, durante los próximos 9 meses, nos proporcionarían cama y alimento. Dado que mi Hermano Eugenio ya había cumplido la edad legal mínima para trabajar, los 16 años, comenzó a trabajar en seguida, junto con mi madre, para alimentar a la familia y permitirnos alquilar un piso.


A finales de 1999, al cumplir Yo los 16 años, para ayudar a mi Madre, comencé a limpiar los pisos con ella. Por aquel entonces, mi Madre tenía tres trabajos: uno en turno de mañana, otro en turno de tarde, y los días de descanso entre uno y otro se dedicaba a limpiar las viviendas de otras personas.


Curiosamente, los pisos que limpiábamos se localizaban todos en el centro de la ciudad. De manera que, para llegar a ellos, había que pasar por las puertas de la Universidad de Sevilla sita en la Calle San Fernando. Me encantaba hacerlo. Al pasar por las puertas de la Universidad me llenaba de anhelo de poder estudiar ahí algún día. De poder conocer. Aprender. Simplemente, poder mejorar mi vida. Fue entonces cuando se plantó esa semilla dentro mía. Semilla que brotó casi diez años después.


Todo comenzó cuando en febrero del año 2006 empecé a trabajar como recepcionista en la empresa del padre de una de las mujeres cuyo piso llevaba limpiando desde que tenía 16 años. Fue entonces cuando comprendí que el mundo de los negocios era lo mío. Fue entonces cuando decidí que estudiaría. Estudiaría en la Universidad. Estudiaría Administración y Dirección de Empresas. Estudiaría también Derecho. ¿Cómo lo haría? No lo sé. Pero lo haría.

En la foto: Yo en la Graduación del Doble Grado en Derecho y Adminitración y Dirección de Empresas. 

Año 2015.

Así las cosas, a finales del verano del año 2008, debido a una grave crisis económica que azotaba el país, me quedé en desempleo. Situación que aproveché como una oportunidad para hacer cumplir mi sueño. En primer lugar, comencé por sacarme el graduado escolar. Luego, dado que todas mis notas eran sobresalientes, los profesores de la ESA insistieron mucho que me preparara y fuera a la Universidad. 


Aún sin saber cómo costearía mis estudios, comencé a prepararme para la Prueba de Acceso a la Universidad para Mayores de 25 años. Y en primavera del año 2010, justo antes de los exámenes decisivos, nos llegó la notificación de que nos habían concedido la nacionalidad española. Hecho que me abrió las puertas al programa de las becas MEC del Estado. Así fue como he conseguido costear mis dos Carreras y el Master Universitario.


No fueron años nada fáciles. Además de las dificultades del idioma en los primeros cursos de las Facultades, cursar dos carreras a la vez, el compaginar los estudios con el trabajo y con la presión de tener que aprobar y con una nota para asegurarme la beca del año siguiente, se sumó que en verano del 2011 a mi Madre le habían diagnosticado un cáncer terminal. Enfermedad que supuso visitas constantes al hospital, y enfermedad contra la que luchó mi Madre a lo largo de los siguientes 10 años. Años en los que toda la Familia la acompañamos, apoyamos cuidamos y mimamos en todo momento. Finalmente, dejó este Mundo el pasado 25 de mayo de 2021. 


Tras el fallecimiento de mi Madre, la misma noche, mientras estuvimos en el tanatorio, sentí como si mi Madre me hubiera entregado una Antorcha. Antorcha que ahora me toca llevar y la historia que ahora tengo que continuar. 

Por ello, siento profundamente que MI CAMINO TAN SÓLO ACABA DE COMENZAR...    ;)